Espíritu Santo, en la fe cristiana, es la tercera persona de la Trinidad, siendo las otras dos, Dios Padre y Dios Hijo.

En el Nuevo Testamento Jesucristo se refiere al Espíritu Santo como “El Consolador… que mi Padre enviará en mi nombre” (Jn. 14:26).

Con lentitud se fue elaborando una teología del Espíritu Santo, sobre todo en respuesta a las polémicas sobre la relación de Jesucristo con Dios Padre.

En el año 325, el Concilio de Nicea condenó como herejía la doctrina arriana, según la cual el Hijo era una criatura que no era igual al Padre ni coeterna con él.

En el año 381 el Concilio de Constantinopla condenó la prolongación lógica de esa opinión, que el Espíritu Santo había sido creado por el Hijo. El concilio declaró: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre. Junto con el Padre y el Hijo recibe adoración y gloria”.

Posteriores declaraciones sólo introdujeron un cambio doctrinal importante, el añadido en el siglo IX de filioque(1) al credo de Constantinopla. Ese añadido, “que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo”, ha sido fuente de discordia desde entonces entre la cristiandad oriental y la occidental.

El Espíritu Santo es representado en las Sagradas Escrituras por medio de símbolos: la paloma (Mc. 1,10), simbolizando paz y reconciliación; un torbellino (He. 2) que simboliza la fuerza, y lenguas de fuego (He. 2) en representación del éxtasis de los creyentes.

Algunos que alteran la doctrina consideran que el Espíritu Santo es “el santificador”, que dirige y guía a la Iglesia y a sus miembros, sean estos santos o pecadores. Otros que conocen mejor los evangelios afirman que solo los santos son gratificados con el Espíritu Santo.

¿Qué dice la Biblia a este respecto?

Hechos 5:32
Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen. (Es dado a los Santos).

El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar en todas las naciones:  « Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado » (Mc 16,15-16);

Marcos 16:15-16

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).

La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de salvación para toda la humanidad.

Este es el contenido fundamental de la profesión de fe cristiana: « Creo en un solo Dios, Yahveh, (Jehová), Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Yeshúa, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria, para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por medio de los profetas. Creo en la Iglesia de Dios Padre, que es santa y universal y Jesús es la cabeza del cuerpo que es la iglesia (Ef. 1:22-23; Col. 1:18). De la cabeza viene la dirección y la guía. Confieso que hay un solo Dios, Un solo Señor, una sola fé, y un solo Bautismo, el del Espíritu Santo, para el perdón de todos los pecados.  Espero la resurrección de los muertos, y la vida del mundo futuro. Amén ».

Notas:

(1) En la teología cristiana la cláusula filioque, o controversia filioque, hace referencia a la disputa entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa por la inclusión en el Credo del término latino filioque que significa: «y del Hijo».

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